Skip to main content

Plantar un árbol puede ser una experiencia memorable. Pero una reforestación participativa puede ser mucho más que reunir a un grupo de escolares o vecinos, repartir plantas, hacer unas fotografías y dar por terminada la actividad.

Bien diseñada, puede convertirse en un proyecto de educación ambiental, participación ciudadana y mejora del entorno que continúe mucho después del día de la plantación.

Para un ayuntamiento puede ser una herramienta para implicar a la población en el cuidado de sus espacios verdes y naturales. Para un centro educativo, una oportunidad para trasladar el aprendizaje fuera del aula y trabajar de forma práctica contenidos relacionados con biodiversidad, cambio climático, agua, suelo o sostenibilidad.

La clave está, precisamente, en cómo se organiza.

Reforestar no es simplemente plantar cuantos más árboles, mejor

El primer paso debería producirse mucho antes de coger una azada.

Una actuación ambiental necesita partir de un diagnóstico del espacio y de un objetivo concreto. ¿Queremos recuperar una zona degradada? ¿Incrementar la biodiversidad? ¿Crear refugios para fauna? ¿Renaturalizar un entorno urbano? ¿Crear sombra? ¿Mejorar un espacio escolar? ¿Recuperar vegetación de ribera?

Incluso hay lugares en los que plantar árboles no es necesariamente la opción ambientalmente más adecuada. La Junta de Andalucía señala que la restauración de ecosistemas degradados puede realizarse mediante plantación o favoreciendo la regeneración natural, y que, cuando se planta, la selección de especies debe responder a las condiciones bioclimáticas y del suelo, evitando diseñar masas sin diversidad.

Esta reflexión tiene, además, un enorme potencial educativo: ¿por qué vamos a plantar aquí?, ¿qué había antes?, ¿qué especies viven en este ecosistema?, ¿qué necesita cada una para sobrevivir?

Responder a estas preguntas convierte la actuación ambiental en aprendizaje.

El verdadero valor educativo comienza antes de la plantación

Una buena reforestación participativa debería tener un antes, un durante y un después.

Antes de acudir al terreno, los participantes pueden conocer el espacio sobre el que van a intervenir, investigar sus especies, comprender sus problemas ambientales y descubrir por qué se ha elegido una determinada actuación.

En el caso del alumnado, esta fase puede desarrollarse mediante una actividad previa en el centro educativo. Con la ciudadanía puede adoptar la forma de un taller, una sesión informativa, un itinerario interpretativo o una actividad participativa.

Este planteamiento es coherente con las metodologías actuales de educación ambiental, que ponen el énfasis en el aprendizaje significativo, la participación social y la capacidad de actuar sobre el propio entorno, no únicamente en la transmisión de información. Ministerio de Transición Ecológica

Además, las administraciones locales ocupan una posición especialmente interesante: son las instituciones más próximas a la ciudadanía y pueden conectar centros educativos, asociaciones, familias y servicios municipales dentro de un mismo proyecto ambiental.

El día de la reforestación: participantes, no espectadores

La jornada de plantación es probablemente el momento más visible del proyecto, pero no debería convertirse en una sucesión de instrucciones mecánicas.

Antes de comenzar se puede interpretar el paisaje, reconocer algunas de las especies presentes, explicar cómo funciona el suelo, observar rastros de fauna o plantear qué aspecto podría tener ese mismo lugar dentro de diez o veinte años.

Después llega el trabajo práctico.

Los participantes aprenden cómo preparar el terreno, manipular correctamente una planta, colocarla, cubrir sus raíces, realizar el primer riego o instalar los sistemas de protección que pueda necesitar.

Y, especialmente con alumnado, es preferible trabajar en pequeños equipos y repartir responsabilidades. Así, la actividad deja de ser simplemente «hemos plantado un árbol» para convertirse en «hemos participado en la recuperación de este espacio y entendemos por qué lo estamos haciendo».

Elegir bien las especies también forma parte de la actividad educativa

Utilizar especies adecuadas al lugar es una cuestión ambiental, pero también constituye una excelente oportunidad didáctica.

¿Por qué encontramos encinas en determinados territorios? ¿Qué diferencia existe entre un árbol y un arbusto mediterráneo? ¿Qué especies necesitan más agua? ¿Cuáles producen frutos que sirven de alimento a la fauna?

La restauración forestal debe tener en cuenta las características del terreno y las condiciones bioclimáticas, y la administración ambiental andaluza recomienda favorecer la diversidad frente a plantaciones monoespecíficas. Junta de Andalucía

Por eso, una buena jornada puede incorporar pequeñas fichas de identificación, juegos de reconocimiento de especies, etiquetas, mapas o incluso un pequeño cuaderno de campo.

El árbol deja así de ser simplemente «el árbol que planté» para adquirir nombre, características y función dentro de un ecosistema.

La fecha de la actividad no debería decidirse únicamente por el calendario escolar

Este es uno de los errores que conviene evitar.

En una actuación de reforestación las necesidades de las plantas deberían condicionar el calendario. En condiciones mediterráneas, las plantaciones forestales suelen concentrarse durante los meses más favorables, especialmente entre otoño e invierno, aunque la fecha concreta debe adaptarse a la especie, el terreno y las condiciones meteorológicas.

La documentación técnica sobre restauración de la Junta de Andalucía recomienda realizar preferentemente las plantaciones y siembras entre mediados de otoño y mediados de invierno, ajustándolas siempre a la meteorología.

Por tanto, primero debería planificarse correctamente la actuación ambiental y después encajar la participación educativa, y no al contrario.

Para un ayuntamiento: de una actividad puntual a un proyecto de municipio

Una reforestación participativa puede adquirir todavía más valor cuando no se plantea únicamente para un colegio.

El ayuntamiento puede actuar como elemento de conexión entre colegios e institutos, AMPAs, asociaciones vecinales, colectivos ambientales, centros cívicos, personas mayores, voluntariado y ciudadanía.

Esto permite que la intervención en un espacio público se convierta en un auténtico proyecto comunitario de educación ambiental.

También facilita trabajar sobre problemas ambientales muy cercanos: recuperación de zonas degradadas, biodiversidad urbana, adaptación al cambio climático, protección del suelo, creación de corredores verdes o mejora de espacios periurbanos.

El propio proceso puede utilizarse para que la población comprenda por qué se toman determinadas decisiones sobre las zonas verdes municipales y cuál es su responsabilidad en la conservación posterior.

Y después de plantar… empieza una de las partes más importantes

Este es probablemente el aspecto que más diferencia una actividad aislada de un verdadero programa educativo.

Hay que volver.

Volver unas semanas o meses después permite comprobar qué plantas han sobrevivido, observar nuevos brotes, registrar su crecimiento, comprobar el estado de los protectores, detectar necesidades de riego o analizar por qué determinados ejemplares no han prosperado.

El seguimiento permite trabajar además con datos reales.

Un centro educativo puede crear fichas de observación, realizar fotografías periódicas, medir los ejemplares o registrar especies de fauna que aparecen en la zona. Un ayuntamiento puede involucrar a diferentes grupos a lo largo del año y devolver a la ciudadanía información sobre la evolución de la actuación.

La evaluación forma parte esencial de los programas de educación para la sostenibilidad porque permite comprobar resultados y utilizar la experiencia para mejorar futuras actuaciones.

Y eso supone cambiar también nuestra forma de valorar el éxito: no basta con contar cuántos árboles se plantaron o cuántas personas asistieron.

Hay que preguntarse también cuántas plantas sobreviven, qué se ha aprendido, si los participantes comprenden mejor su entorno y si se ha generado una mayor implicación en su conservación.

Un posible modelo de reforestación educativa

Fase Qué podemos trabajar
1. Conocer Diagnóstico del espacio, características del ecosistema, problemática ambiental y especies presentes.
2. Participar Taller previo, selección y conocimiento de especies, interpretación ambiental y preparación de la actuación.
3. Actuar Jornada de plantación participativa con metodología adaptada a la edad y características de los participantes.
4. Cuidar y evaluar Riego y mantenimiento, visitas posteriores, seguimiento de plantas, biodiversidad, fotografías, mediciones y evaluación del aprendizaje.

De esta forma, una actividad que podría durar únicamente una mañana puede convertirse en un proyecto educativo desarrollado durante varios meses o incluso cursos escolares.

La experiencia de IMAGINA en reforestación participativa

En IMAGINA, Educación y Ocio hemos trabajado precisamente con este enfoque en diferentes proyectos de educación ambiental.

En Bormujos (Sevilla), por ejemplo, coordinamos junto al Ayuntamiento, el CEIP Santo Domingo de Silos, su AMPA y la Asociación Green Boots una reforestación destinada a crear una pantalla vegetal frente al ruido, incrementar la biodiversidad, mejorar el paisaje y sensibilizar sobre sostenibilidad. IMAGINA participó en la coordinación de la actuación, la elección del lugar, la fecha y las plantas y el desarrollo de la vertiente de educación ambiental.

También hemos desarrollado para EMASESA programas de reforestación participativa e interpretación de ecosistemas en la Rivera de Huelva y el Guadaíra, combinando charlas previas en los centros, jornadas de reforestación con diferentes colectivos e itinerarios interpretativos para conocer la flora y el entorno.

Son experiencias que muestran que plantar puede ser únicamente el comienzo.

Cuando la restauración ambiental, la educación y la participación se diseñan conjuntamente, una reforestación puede ayudar a recuperar un espacio y, al mismo tiempo, conseguir algo igualmente importante: que quienes han participado comprendan que ese espacio también es suyo y que conservarlo es una responsabilidad compartida.

¿Quieres organizar una reforestación participativa en tu municipio o centro educativo?

En IMAGINA diseñamos y coordinamos programas de educación ambiental y participación adaptados a ayuntamientos, centros educativos y otras entidades, desde la planificación y los contenidos educativos hasta la organización de las jornadas, materiales, dinamización y seguimiento.

Una reforestación puede durar una mañana. El aprendizaje y el vínculo con el entorno pueden durar mucho más.