Plantar un árbol puede ser una experiencia memorable. Pero una reforestación participativa puede ser mucho más que reunir a un grupo de escolares o vecinos, repartir plantas, hacer unas fotografías y dar por terminada la actividad.
Bien diseñada, puede convertirse en un proyecto de educación ambiental, participación ciudadana y mejora del entorno que continúe mucho después del día de la plantación.
Para un ayuntamiento puede ser una herramienta para implicar a la población en el cuidado de sus espacios verdes y naturales. Para un centro educativo, una oportunidad para trasladar el aprendizaje fuera del aula y trabajar de forma práctica contenidos relacionados con biodiversidad, cambio climático, agua, suelo o sostenibilidad.
La clave está, precisamente, en cómo se organiza.


